ROAD MUSIC / PERDÍ MI OJO DE VENADO


Muchas Las supersticiones mexicanas provienen de leyendas antiguas, conocimiento ancestral que bien puede ser tomado por una simple y primitiva anécdota o bien una realidad alterna en la cual la magia sigue teniendo poder sobre nuestro mundo, un universo espiritual que existe mas allá de nuestra mirada.

La creencia del poder del Ojo de venado proviene de una antigua leyenda Otomi:

“Adonei se adentró en el bosque cuidando los pies de las ramas secas y las espinas de las plantas. Avanzaba sin seguir un camino porque no había siquiera sendero. Iba a un lugar a donde casi nadie se aventuraba, sólo iban aquellos osados que deseaban hacer una consulta espiritual.

Sajoo era un viejo hechicero que vivía apartado a mitad de la sierra. Cuando vio venir a la joven Adonei, un presagio de muerte se posó en los ojos del brujo, y, sin dejarla decir palabra, pronosticó una desgracia en puerta. La joven caería hechizada, condenando con ello su propia vida y la del pueblo. Adonei volvió a su casa tratando de hacer caso omiso a las predicciones del brujo. Ella no creía que su destino fuera infame sino glorioso. Era hija de un legendario guerrero otomí de nombre Anyeh (Lluvia) y era esposa de Chuin, un cacique poderoso. Educada como una noble otomí, tenía un altísimo sentido del honor y de la fidelidad. 

Llegando a casa, Adonei contó a su marido los sucesos y se dispuso a olvidar lo que había pasado. Ambos coincidieron en que Sajoo había perdido la razón un poco por los años y otro tanto por la edad.

Algunas semanas más tarde, llegó a la sierra una tropa mexica que viajaba de regreso hacia el valle de México. Como el pueblo de Chuin era parte de la zona de influencia de México-Tenoxhtitlán, el cacique tenía el deber y el honor de recibir a los guerreros. Pronto se organizó la comida, se mandó traer leña y hubo una velada junto al fuego.

Cuando la noche espesó, la gente del pueblo se fue a dormir. Entonces, Chuin cayó a la cuenta de que no había visto a Adonei en varias horas. La buscó cerca de la hoguera, en su propia casa, con los amigos, hasta que el sol despuntó por el oriente y el cacique seguía sin encontrar a su mujer.

No muy lejos del pueblo, había un recodo del río en lo profundo de una cañada. Era un lugar apartado a donde las parejas iban para poder estar solas, sin miradas indiscretas. Cuando Chuin fue a buscar allá, encontró a una pareja amándose en el piso.

Por las plumas y ropajes tirados en una roca, Chuin supo que el hombre era uno de los guerreros aztecas que estaban de visita. Pero la distancia no le dejaba ver la cara de la mujer, hasta que se acercó lo suficiente. Entonces pudo ver a Adonei, completamente desnuda sobre la hierba, y con el rostro feliz por el éxtasis del amor.

 

Lleno de furia, Chuin se acercó a los amantes sin que éstos lo notaran. Cuando estuvo cerca, entendió que el hechizo del que había hablado el brujo Sajoo estaba escondido precisamente en los ojos del guerrero. Eran los ojos más grandes y más claros que había visto nunca el cacique, eran del color de la miel.

Para su desgracia Adonei solo recordaba haber visto unos ojos que le nublaron el cielo y perdió en ese instante el sentido de las cosas y del tiempo… Pero al ver a su marido recobró la cordura y una profunda pena invadió su noble corazón. Ella sentía que había deshonrado a sus padres, a su esposo, a sí misma y hasta a sus propios hijos, no pudo con la culpa y corrió hasta un risco, desde donde con profunda pena se lanzó al vacío, permitiendo que la caída acabara con su vida… y con su pena.

Chuin hizo entonces que sus hombres prendieran al guerrero y, valiéndose de una piedra, sacó al guerrero los dos ojos para que nunca volvieran a hechizar a nadie. Pero no pudo el cacique cumplir su cometido… En el lugar nació una planta cuyas hojas nadie había visto antes. Las semillas crecían en grupos, dentro de una vaina y, por su forma, recordaban a unos ojos grandes y claros. Cuando hubo pasado mucho, mucho tiempo y esta historia quedó en el olvido, la gente comenzó a llamar aquellas semillas “ojo de venado”…

Esta vieja leyenda permeo en la sociedad, transformándose en la creencia de que algunas personas podrían arrojar el “mal de ojo” una suerte de maldición mezquina que provenía de su envidia y energía negativa que provoca un daño en quien lo recibe.

La banda Caifanes usaría esta tradición para crear una de sus primeras canciones, el lado B del sencillo más exitoso de esta oscura agrupación: La negra Tomasa, llena de mismísimo y potencia inusual en el incipiente renacimiento del rock pop mexicano. Daría cuenta de lo que a la postre sería su carrera y su concepto plagado de referencias hacia las tradiciones y sonidos de un México que hoy parece más lejano que nunca.

Hoy en el Road Music…recordamos esa canción y esa leyenda

Caifanes-perdí mi ojo de venado

Yvan Montecino / @YvanHomoludens

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