El Palacio del Baile

Al fondo suena la orquesta en turno. En boleros, mambos y danzones reverbera cada chillido de los metales que recorre la magna amplitud de un salón concebido para que cientos de pies aleatorios se sincronicen al unísono del compás de la música.
La pista masiva dispone a sus costados de mesas y sillas sin mucho orden para los cuerpos cansados con alma joven. A veces sólo necesitan un respiro para continuar con el ritual primitivo que sin aparente dificultad vuelven arte. En las orillas del recinto rectangular, las luces atenuadas seducen a los amantes que buscan un preludio entre siluetas y sombras.
Y ahí está Martha. Cabello corto y teñido castaño, 59 años y ese vestido gris que la viste. Décadas de baile aficionado conservan mejor las piernas que el cutis y las manos. Espera sentada a un borde de la pista, pero no pasa mucho tiempo para que se acerque Germán, un hombre alto y delgado en un viejo traje casimir inglés. Aparenta la misma edad que ella pero quizá sea mayor. Con una sutil reverencia, cordial invitación como de otra época, la lleva a la pista.
La orquesta comienza los primeros acordes de “¿Cómo Fue?”, ese viejo bolero cubano que Martha y Germán bailan con la soltura de las aves y el engranje del reloj más preciso. Estos recién conocidos, sin verse a los ojos, se sonríen con disimulo mientras se dejan perder entre el vaivén de las múltiples parejas. Cuando termina la pieza, cada uno regresa a su silla para volverse de nuevo desconocidos.
Así como ellos, en cada tema musical se puede observar una dinámica similar que crea parejas efímeras en el recinto. La gente encuentra en este lugar un espacio que conserva intacta la atmósfera de una era que parece ya perdida. Ahí es donde pueden revivir el goce elegante de la época dorada de las orquestas de baile y donde hallan una guarida que hace olvidar el inminente paso de los años en sus vidas.
Este, como muchos otros, es un habitual sábado nocturno en el California Dancing Club, salón de baile que por si solo cuenta una historia en cada muro y pilar de su estructura, en esa angosta entrada, en ese pasillo que a sus costados sostiene afiches y rostros en marcos oxidados, en la escueta taquilla, en la vieja cortina color vino que antecede la pista, en esa opaca bola de espejos al centro de su techo, en ese amplio escenario que puede arropar dos orquestas al mismo tiempo, y en ese espíritu vital que aporta cada persona que mueve los pies en su pista y hace de este lugar un mítico templo del movimiento corporal en la capital mexicana.
@pinomillan

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