La última del dos mil quince y nos vamos

   Por. Thania López / @ThaniaZepol

Lo confieso. Soy alérgica a la Navidad. No, no soy un Grinch. No quiero amargarle la vida a ninguno que disfrute de tal fiesta. Pero me alivia cuando es veintiséis de diciembre y el “espíritu navideño” se disipa. Sobre todo porque empieza el “espíritu” de esa fiesta que sí me gusta: la noche vieja. O el año nuevo. No importa cómo lo llame usted, la cosa va de despedir al año que se acaba y recibir al que llega.

Los habemos fanáticos de los principios. Tienen esa cosa fascinante de lo desconocido. Los lectores, los cinéfilos, los enganchados a una serie de televisión (por mencionar sólo algunos ejemplos); lo vivimos con la piel erizada. Abrir un libro y leer la primera frase. Que las luces en la sala del cine se apaguen. Que las siglas tan conocidas aparezcan en la pantalla del televisor. El universo se abre. Todo puede pasar.  

El primer minuto del primero de enero, la boca atragantada de uvas y repartiendo abrazos, se siente como si nos acabaran de regalar una segunda, tercera, vigésima oportunidad. ¿De qué? De todo. Habrá gente alérgica a los propósitos de año nuevo. Y los habemos a quienes nos gustan. Llámenos cursis. Que seguro lo somos. Aprender a bailar salsa cubana, tirarse en paracaídas, hacer un viaje a Petra, leer El Quijote, correr un maratón, terminar el libro que estás escribiendo. ¿Lo vamos a hacer? Y ¿quién lo sabe? Pero está ahí. De alguna manera “existe”, como todas las posibilidades. Hay años buenos, años malos, años malísimos. Cuando terminan, lo que dejan es una especie de alivio. De ganas de más o de algo completamente diferente. Se trata sólo de un día. De un numerito nuevo que hay que empezar a escribir al poner la fecha en los formularios. De cosa de un segundo, si me apura. Como cuando entreabres los ojos por la mañana y estás en ese territorio de susurconda, entre la liviandad del sueño y lo rotundo de la vigilia. Comienza. Algo comienza. A diferencia del nuevo día, que llega con la rutina cargada a las espaldas; el año nuevo comienza con quién sabe qué va a pasar. Una masa de tiempo que podemos llenar con todo lo imaginable y con lo inimaginable también.

Que los propósitos de año nuevo son acuerdos con uno mismo y que deberíamos cumplir, dicen algunos. Que no hay que proponerse cosas inalcanzables, dicen otros –o los mismos. ¡Ah! Los emprendedores. La gente del éxito. ¿Qué sería de nosotros si nos tomáramos en serio incluso esa lista que garabateamos en un papel o en la mente al terminar el año? Los propósitos de año nuevo son sueños guajiros que por algunas horas, algunos días y a veces, por meses enteros, sentimos como posibles realidades. Defina usted realidad. Ya sabe, esa cosa que existe. Defina existir. No se ponga pesado, por favor, que estamos de fiesta.

Yo no estoy aquí para sermonearlo, ni para decirle qué hacer, pero ¿qué dice, posible lector, si hoy hace una lista con todos los propósitos descabellados que se le ocurran, la esconde, y el próximo treinta y uno de diciembre la saca y la lee? Reírse de sí mismo. Ese podría ser el mejor propósito. Uno indirecto, además. ¿Qué dice, ah?

 

“Eso es lo que yo quiero: aprender a reírme a carcajadas de mí mismo.

Siempre, aunque me corten los huevos.” – Pedro Juan Gutiérrez

 

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