De cómo Criminal Minds está arruinando mis noches de sueño y mi vida de lectora

  
Por .Thania López / @ThaniaZepol
El despertador suena a las seis cuarenta y cinco. Mi optimismo o mi fe en mí misma –que algunos recomiendan no se debe perder incluso ante evidencias inapelables– me hace apretar el botoncito de “posponer” sin titubear. Diez minutos después vuelve a sonar. Sé que las siete están cerca. Esta vez, titubeando un poco, vuelvo a apretar el mismo botón. Diez minutos después, suena otra vez. Sé que ya son pasadas las siete, pero aun así sigo teniendo fe en mí misma. Apago la alarma. De acuerdo, es hora de levantarse. Mi cuerpo lo sabe, mi cerebro lo sabe. Tienen que reaccionar al mismo tiempo. Pero de algún modo, logran desconectarse. No sé cuál termina convenciendo al otro, pero sigo en la cama. De pronto, abro los ojos. Estos días no ayudan a orientarse. Entre las seis y las siete de la mañana, no importa a qué hora abras los ojos, siempre parece que es de madrugada. Reviso el reloj. Son las siete y veinte. Carajo. Otra vez. 

Sé que tengo que dormirme más temprano, lo sé. Me lo digo todas las noches antes de irme a la cama, a veces incluso antes de las diez. Me meto entre las mantas y la laptop y el libro de Pavese están sobre mi mesa de luz, como le digo al buró, por las simples ganas de llamarla así. Y porque ahí reposa mi lámpara de madera, con pantalla de manta y una luz mortecina; que me gusta tanto. Aunque uno no debería encariñarse con las cosas. Excepto con los libros. Uno está autorizado a encariñarse con un libro. A enamorarse, incluso.

¿En qué iba? Ah, sí. En mi mesa de luz están la laptop y el libro. Veo el libro. Me siento tentada. Tengo ganas de leer. Pero la lucecita verde de la laptop parpadea, parpadea, parpadea. Y termina convenciéndome. Me digo bueno, tengo tiempo. Si me duermo antes de las 11, lograré estar descansada para que en cuanto suene la alarma, mi cuerpo y mi mente estén de acuerdo en levantarse de la cama. Sólo voy a ver un capítulo. Uno y ya. Abro la laptop, conecto los auriculares y las imágenes empiezan a correr. Mi mente se esfuerza porque está en inglés. Confieso que a veces no entiendo nada y tengo que volver y escucharlo una vez más. Incluso tres veces, para poder entender lo que están diciendo, sobre todo el Dr. Reid. El episodio se termina. Después de cuatro muertas, lograron salvar a una. Casi siempre salvan a una o a uno. Casi siempre, terminan disparando al culpable, cuando lo que tendría que hacer es ir a la cárcel y pasar ahí el resto de su vida, por haber hecho sufrir a tanta gente. Eso pasa a veces, pero no la mayoría. Ya puedo hablar de estadísticas ambiguas porque he visto todos y cada uno de los capítulos desde la temporada uno hasta la seis. Voy por la mitad de la siete. 

Pongo la mano sobre la pantalla de la laptop, dispuesta a cerrarla y tomar el libro. Reviso el reloj. No es tan tarde. Puedo ver un capítulo más. Mañana leeré. Mis dedos se deslizan por el mousepad y las imágenes corren de nuevo. Parece que este va a estar bueno. Un tipo que está en silla de ruedas y mata a prostitutas cuyos cadáveres aparecen a kilómetros de la casa del asesino. El capítulo termina. Esta es una de las pocas veces en que arrestan al asesino, pero matan a la madre, que era su cómplice. Salvan a la chica, por supuesto. Estos tipos son increíbles. En cosa de cuarenta y tantos minutos, logran descubrir quién es el asesino y llegar a tiempo antes de que los cincuenta minutos los aplasten. Tengo que cerrar la laptop. Sé que tengo que cerrarla. Ya ni siquiera veo el reloj. No debería ver otro más. Debería acostarme y… Bueno, uno más y ya. Es un hecho, mañana sí, mañana voy a tomar a Pavese. Sigo en la pantalla. Espero que al menos comiencen a cerrárseme los ojos y el capítulo quede a la mitad. Pero mi mente no lo permite. Sigo con los ojos abiertos. Esta es otra de las veces en las que Hotch le dispara por la espalda a la maestra del pobre estudiante enamorado. A la maestra que llaman “predadora” porque le gustan los chicos del high school. Y salvan al pobre y desilusionado estudiante que se creía ser el único amor de la vida de la predadora. Pero no era.

Entonces sí. Decido cerrar la laptop y la pongo sobre la mesa de luz. Como para aliviar el sentimiento de culpa, pongo el libro de Pavese sobre la computadora caliente. Activo la alarma. Otra vez es ya la medianoche pasada. Apago la luz, me acomodo sobre las almohadas. Mañana no va a ser así. Me lo juro, me lo creo. Cierro los ojos y me tardo no sé cuánto en quedarme dormida. Otra noche más. Pero eso sí, mañana será diferente. Mañana un solo capítulo y ya.

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