Alerta sísmica

  
Thania López / @TaniaZepol
Miércoles 30 de septiembre 2015

12:24 horas

 

El microbús avanza sobre División del Norte, apenas pasando Zapata. Una señora con un carrito de compras vacío y yo, acabamos de subir. Nos dejamos caer en el asiento (en los microbuses es imposible hablar de sentarse), una a cada costado de un señor de traje gris. Apenas nos estamos acomodando cuando ella lanza un ¡uy! ¡la alarma! y señala con el índice hacia el cielo, moviendo los ojos como si buscara algo allá arriba. Sí, sí, es la alarma, dice el de traje. Todos la oímos. Cómo podríamos no hacerlo. Ocho mil doscientos altavoces a lo largo y ancho de la ciudad de México. Gua gua gua gua gua, alerta sísmica, gua gua gua gua gua, alerta sísmica. ¡Ay, Dios! ¡Va a temblar! dice una señora con canas azuladas, que viaja frente a nosotros. Y yo, de lo más tranquila, digo bueeeeno, pero anoche sonó también y no pasó naaada. Entonces veo las caras de –los que pensé serían– mis interlocutores. La señora de las canas azules voltea a ver a los otros dos y dice bueno, pero de todas maneras dicen que cuando estás en movimiento, no se siente el temblor. Pero el temblor de anoche sí se sintió ¿no? pregunta la señora del carrito. Sí, contesta el de traje, fue muy leve, pero sí tembló. Entonces entiendo lo fuera de lugar que estuvo mi comentario. Entiendo las caras consternadas. Y aceptaría de buena gana que pensaran en mí como una tarada. Yo no viví el terremoto de 1985. En ese entonces vivía en provincia, como solemos llamar los chilangos a cualquier rincón del país que no sea nuestra centralísima y superlativa ciudad. Así que guardo silencio. Es lo único que me corresponde. Bueno, yo la verdad es que estaba dormida, ni escuché la alarma, ni sentí el temblor, dice la del carrito. Sí, a muchos les pasó así, pero sí tembló. Y sí suena fuerte ¿verdad? Sí, es impresionante, dice el del traje, pero menos mal que existe, porque imagínese que no existiera. Claro, ¡imagínese!

De pronto suena el celular de una de las dos señoras que viajan a mi derecha. Sí, sí, ya la escuché… sí, sí, vengo en el microbús… ¿tú estás bien?… qué bueno… sí, nos vemos. En cuanto cuelga voltea a ver a la señora más cercana. Querían saber si estoy bien, porque como sonó la alarma, dice. Claro, contesta la otra. Y se enfrascan en la conversación. Yo vi en un documental de National Geographic que cada cien años hay un temblor muy fuerte. Yo también escuché de eso. A la que llamaron estará en sus tempranos cuarenta. La otra es una señora entrada en años, con permanente. Hablan como si se conocieran de siempre. Como quienes tienen un vínculo. Y lo tienen. Lo que las une es el temor a los temblores, a los sismos, a los terremotos. Una cosa de lo más humana.

Cuando hay una catástrofe, todos nos solidarizamos. Y los extraños con los que nunca habríamos hablado, a los que ni siquiera les habríamos dirigido una mirada, de pronto se vuelven cómplices, que es casi como ser amigos. Se comparte el miedo, la angustia. Se caen todas las barreras sociales. Eso era lo que sucedía con aquellas dos señoras. Que además viajaban en un microbús y hay que ver la intimidad a la que se ve uno forzado al subirse a un cacharro de estos. De alguna manera todos estamos expuestos a una calamidad en un microbús. Pero cuando suena la alerta sísmica, es como si la calamidad se hubiera venido encima. Certera e ineludible.

La del celular le cuenta a la otra que trabaja en un hospital, que anoche cuando la alarma sonó a eso de las 23:44 estaba trabajando y que muchos pacientes se empezaron a poner nerviosos, pero estaban en el quinto piso, que lo único que podían hacer era intentar calmarlos. Dicen que cuando hay un temblor, los del primero y el segundo piso sí alcanzan a salir, cuenta, pero los que están del tercer piso para arriba, por cuestión de tiempo, ya no llegan a la salida, te toca quedarte; algunos se pusieron muy mal.

Lo entiendo, no lo entiendo. Repito. Yo no viví el 85. He visto sólo fotos. No sé cómo se puede sentir. No sé lo que es ver cómo un edificio se desmorona como una galleta. No sé lo que es ver una ciudad en ruinas a ojos desnudos. Ellos sí. Ellos están aquí. Juntos. Saben de lo que hablan. Saben lo que podría pasar. El recuerdo les debe arder como una quemadura reciente. El que exista una alerta sísmica parece hacerlos sentir casi a salvo, como si fuese una promesa de rescate. Tiemble o no tiemble. Se sienta o no se sienta que el piso se mueve.

Me acuerdo que anoche los perros empezaron a ladrar. No sé si fue por el ruido estruendoso de aquella alarma, que te mete miedo aunque no hayas vivido el 85. No sé si ellos alcanzaron a sentir los 4.8 grados del sismo, según dijeron. Lo que sé es que ladraban. Y lo que a mí se me ha quedado en la cabeza son esos ladridos a medianoche. No puedo ni imaginar lo que ellos tienen en la cabeza. Las imágenes que guardan, los sonidos. Luego reportarían que el sismo de esta tarde fue de 5.5 grados que, como dijo la señora de las canas azules, arriba del microbús no se sintieron.

Cuando me bajo, las pláticas sobre sismos siguen. En algún momento ellos también se van a bajar. Y cuando se crucen por la calle mañana, no se van a reconocer, no se van a decir buenas tardes. Seguramente ni se mirarán. La solidaridad, la cercanía, la intimidad, habrán desaparecido. Hasta que la alerta sísmica vuelva a inundar las calles defeñas con su gua gua gua gua.

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