En el trolebús (II de II) 


Por ThaniaLópez / @thaniazepol
 Un par de paradas luego de que se bajara el tipo que hablaba sobre ojos en una hielera en la mesa de un conocido, que serían trasplantados la mañana siguiente; terminé al lado de dos niños con uniforme de escuela pública, que viajaban con su madre. La madre venía absorta picando con un dedo la pantalla táctil de su celular mientras el niño más pequeño, de unos ocho años, le contaba a su hermano, regodeándose, que había llamado a otro niño “indio”. El niño en cuestión (el del trolebús) tenía rasgos indígenas, el pelo crispado a pesar de las toneladas de gel (¿o gracias a ellas?) y la piel morena. Prieta, como se jactaba mi abuelo de la suya propia.

No sé ustedes, pero cuando escucho este tipo de cosas, no puedo pensar más que en lo ridículas que son. Somos un pueblo de mestizos, un pueblo de indígenas. Y no por los pueblos originarios de Chiapas y de Oaxaca y la sierra tarahumara y los mayas de Yucatán. La misma población defeña (que no sé cómo llamaremos cuando dejemos de ser un Distrito Federal. ¿Habitantes de la ciudad de México? ¿Seguiremos siendo chilangos?) está compuesta en su mayoría por mestizos. Y por indígenas. En esta ciudad capital que se las da de cosmopolita, resulta que la palabra “indio” sigue siendo discriminatoria, un insulto.

Y recuerdo algo. El día de la Virgen de Guadalupe, de la Virgen morena, mestiza; a los niños se les viste de “inditos”. Y pareciera que las trenzas, los bigotes ralos, los rebozos, los pantalones de manta, los huaraches; son un disfraz y no parte de la indumentaria de todos los días, incluso en esta gran urbe. Donde no deja de sorprenderme el hecho de que hace unos años se haya puesto de moda el mezcal –recuerdo también–, cuando hace décadas se sirve en las cantinas de la Portales, en el centro, en Nezahualcóyotl, en Iztapalapa. Esos lugares frente a los que se arrugaban narices (y quién sabe si no se siguen arrugando), de pronto fueron “redescubiertos” en la escena de la vida nocturna capitalina. La cosa cambió, porque la moda hace que el imaginario social cambie. ¿Cambió? Mmmm… No precisamente, y por eso entrecomillo la palabra redescubiertos. Porque en realidad se tomó la idea de estos lugares y se “actualizó”. Una especie de cirugía estética con trasplante geográfico.

Suelos limpios, diyeis, iluminación de bar, logotipos, meseros, valet parquins. Sobre todo, colonias en las antípodas de los barrios populares. Y de repente ir a tomar unos mezcales es una maravillosa salida de viernes. Y las revistas lo recomiendan y los lugares se atiborran de gente linda. De gente bien. Porque hay que estar a la vanguardia. Un indígena tomando mezcal en una jícara, un mezcal destilado con el método tradicional en Mitla, es una postal del México rural. Pero un habitante de Polanco, de la Condesa o de La Roma en una mezcalería, tomando un mezcal de tercera, destilado quizás en el baño de algún listillo, eso sí que es chic.

Lo naco es chido –sigo recordando–, encontré escrito en camisetas, calcomanías, bolsas, botones; al volver a esta ciudad luego de casi siete años viviendo lejos. ¿En serio? Sí. Pero lo naco impostado. Lo tomado por aquel que no lo es por circunstancia sino por elección. Y rueda que rueda esta rueda y resulta que incluso aquellos a los que los güeritos, los fresas, llaman “indios”; se valen del mismo apelativo para llamar a otros de su misma condición: para insultarlos.  

Lo naco es chido. A un tipo se le ocurrió la idea y, como todos, ver si pegaba. Y pegó. Éxito rotundo porque, seamos sinceros, da hueva estar aparentando todo el tiempo que no escuchas banda, rancheras. Que no te gusta bailar cumbia o reguetón. Que no es divertido viajar en un microbús. El tipo creó una moda. Nuevos lentes para ver el mundo. Los “placeres culposos” se volvieron prácticas socialmente aceptadas por los círculos de sabedores mundanos, de dictadores del mainstream.

¿Será que algún día lo “indio” se vuelva chido? ¿Hablar con palabras indígenas y no con palabras en inglés? Decir que algo es jats’uts* en lugar de pretty o cool. Maquillarse con polvos de brasas consumidas hasta que la piel se vea oscura. Teñirse el pelo de un negro cuervo, alisárselo, atárselo en trenzas con cintas de colores. Usar huipiles, calzones de manta, huaraches de tres hoyos. Bailar con los pies desnudos, aporreando el suelo de tierra húmeda. Usar sombreros de palma, peines de madera de naranjo, rebozos de algodón. ¿Algo así como un Tepoztlán chilango, pero sin lo cósmico-metafísico-ultra espiritual? ¿Será posible?

Lo naco no es chido, pienso mientras toco el timbre del trolebús para anunciar que acá me bajo. Lo naco es una moda. Y no hay nada más lejano de lo verdaderamente chido, que una pasajera costumbre adoptada por una élite que volverá a discriminar en cuanto la rueda vuelva a girar. Y lo naco no sea chido. Y vuelva a ser naco, nada más.

 

_______________

*Bonito, lindo, hermoso, precioso en maya

 

https://www.facebook.com/thanialopezescritora?ref=hl

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s