En el trolebús (I de II)

  

Por Thania López @thaniazepol

No sé cuándo empecé a hacerlo. Pero un buen día me clavé los auriculares en las orejas, los conecté al celular y apreté el iconito de la música. Y me seguí como hilo de media. Empecé a deambular como casi todos en estos tiempos corrientes: con los dos cablecitos blancos cruzándome el pecho en forma de Y. Lo hago mientras camino y sobre todo, cuando viajo en algún transporte público, que dicho sea de paso, es mi único modo de transporte en esta ciudad. Ni bicicleta ni coche. No. Dos pies o armatoste público sobre ruedas. Siempre ha sido así. Sólo que antes, yo leía arriba de esos armatostes. Microbuses, metro, autobuses. Pero con los años, empecé a sufrir esa cosa que se llama “mal de carretera” y leer en un vehículo en movimiento comenzó a marearme. Incluso poniendo las letras más grandes en el libro electrónico. Las líneas serpenteaban y terminaba con terribles náuseas. No sé si fue así que comencé con lo de los auriculares. Pero no importa.

La cosa es que el otro día me los olvidé en casa. Tenía que hacer un viaje en trolebús que me llevaría al menos cuarenta minutos. Ya en la parada, me enojé conmigo misma por no traerlos. Y al subir al trolebús, me enojé todavía más. Los trolebuses tienen un cartel donde dice que caben noventa pasajeros, la mayoría viajando de pie. Pero todos sabemos que se llenan al menos con el treinta por ciento más. No creo que ninguno de esos trolebuses, en una hora pico o en una hora cualquiera, que es ya lo mismo, lleve menos de 120 o 130 personas en cada viaje. 

Así que ahí íbamos. Ciento y pico de cuerpos sudando el calor citadino de estos días, la mayoría colgados del tubo para no caernos. Los trolebuses no tienen nada que ver con los microbuses, que ostentan personalidades únicas en la rama del transporte público chilango. Son más bien como el metro. No, son peor que el metro. No hay nada para mirar. Ningún letrero gracioso para reírse e intentar memorizarlo y contarlo para que luego otros se rían. Y ni hablar de compararlos con el microbús más sobrio. Ningún peluche, ni fotos, ni luces de colores, ni afiches de Santos, ni nombres de mujer escritos en letras góticas. No traen música. Nada para tararear o para odiar. Nada de programas de chismes, de voces chillonas, de consejos para ser feliz, ni de laaaaa zeeetaaaa. Son de lo más impersonales. Un “no lugar”, como los bautizó Marc Augé. Ahí estás. Ahí estamos. Compartimos tiempo en aquel espacio, pero no nos damos por enterados. No. Espera, me dije. Claro que podemos enterarnos. Es cosa de querer. Yo lo hacía hace muchos, muchos años. Y ahora era el momento de volverlo a poner en práctica: escuchar las pláticas de los que viajaban cerca de mí. No sé si alguna vez escribí alguna historia a partir de una conversación pescada al vuelo en un transporte público. Pero quizás ahora podía hacerlo. 

Desde algún lugar a mi izquierda, empecé a oír a un hombre y una mujer. Era él quien hablaba.

– Y llegamos a la casa del güey y tenía ahí una como hielerita en la mesa del comedor. Y le preguntamos qué es eso y el güey contesta que unos ojos. ¡Unos ojos! ¿Neta? Neta, dice. ¿Unos ojos de verdad, así, de humano? Sí, unos ojos, unos ojos, dice. Y ¿por qué los tienes aquí? Ah, es que acaban de llegar, nos dice. Y son para un trasplante que voy a hacer mañana en la mañana. O sea ¡imagínate! Unos ojos ahí, como si fueran… refacciones de carro o algo así.

Pues sí. Somos como “algo así”. Nos ponemos dientes postizos, pechos postizos, pelo, pectorales, nalgas, uñas, mentones postizos. Y sin que sean trasplantes. Esas sí que son “refacciones”. Elaboradas allá, en un taller o laboratorio, como quieran llamarle. Los trasplantes son otra cosa. Quizás es lo que quiero pensar, pero no son refacciones, son más bien piezas recicladas. Y no hay nada más mainstream que el reciclaje. Al menos en otros países. Los más civilizados, dicen. Lo siguiente que pensé oír, alargando cuello y orejas, era la historia de si aquellos ojos fueron de verdad trasplantados, o al que hablaba (y a quien nunca vi) contando cómo se había dado cuenta de la chapuza del tipo aquel, porque las córneas se trasplantan, pero ¿dos ojos enteros? ¿O quizás eran las córneas las que trasplantaría? ¿Era posible congelar dos ojos y al día siguiente trasplantar las córneas? Pero lo siguiente que dijo el que venía contando la historia fue ¿ya es en esta que tenemos que bajar? Sí, dijo la voz de mujer (por eso me enteré que la historia se la venía contando a una mujer). Las puertas se abrieron con su habitual gemido metálico. Hubo movimientos, desplazamientos, codazos, apretujones y afortunados que se hicieron de un asiento. Pero no hubo fin de la historia. Nada para escribir.

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