Carmela

  

Por: Thania López / @thaniazepol


Carmela

 

– ¡Corre! ¡Ve a buscarlo, chamaco!
– ¡Ya fui, Carmela! Te digo que no lo encuentro.
– Debe estar en donde Chucho.
– De ahí vengo nomás, Carmela.
– ¡Ve a darte otra vuelta, chamaco!
– Ya me recorrí todo el pueblo, pues.
– Pues recórretelo otra vez.
– ¡Que no está, Carmela!
– ¡Corre a buscarlo, chamaco! ¡Corre, pues!

Carmela se tomó el vientre con una mano. Apretó los dientes y los ojos y el niño vio cómo las lágrimas que le corrían por las mejillas se le mezclaban con la saliva que empezaba a escurrirle por una de las comisuras. El niño dio un paso atrás, la madera podrida de la puerta crujió a sus espaldas y sus pies desnudos se escucharon sobre la arena mojada.

– Eso, chamaco, corre. Corre a buscarlo.

Carmela hundió la cabeza en el pecho. Respiró. El aire seguía duro, no le entraba por las fosas. Una de sus manos avanzó ciega hasta encontrar el respaldo de una silla. Hundió las uñas en el plástico y tiró, tiró hasta que las patas surcaron la tierra y tocaron sus pies. Entonces se dejó caer sobre el asiento gastado. Se abrazó el vientre con las dos manos.

– Madre querida, virgen de Juquila, virgen de nuestra esperanza

El cuerpo le ardía por dentro. Un hierro incandescente le atravesaba la cabeza de una sien a la otra. Y una punzada le ardía las caderas, la pelvis. Sus pies se movieron en la tierra caliente del suelo, comenzaron a escarbar, primero lento y después desesperados hasta encontrar el alivio de la tierra fría. Y ahí se quedaron, moviéndose como dos animalitos cansados. 

– Te pido perdón por mis pecados porque son muchos…

La cabeza se le partía en dos. Ese dolor otra vez. El mismo que aquel día en la pisca le hiciera arder la cabeza y ni siquiera el agua fría y dulce de la bomba, con la que se mojó una vez y otra, le pudo aliviar. Esa cefalea que ya sabía, no era por el calor ni por el cansancio ni por las penas, como decía su abuela. Era el dolor del presagio.

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Este es un fragmento de “Carmela”, que espero les haya gustado y que es uno de los ocho cuentos de un libro que auto edité a principios de este año y que se llama En el mar te quiero mucho más. Si les interesa comprarlo, por cierto, no basta más que escribirme un mensaje y se los haré llegar hasta las puertas de su casa. O de su buzón, si son de aquellos que todavía conservan uno.

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