Isabela González-Berazueta Burgos

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Isabela González-Berazueta Burgos / @Isabelagbb

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Yo soy Isabela González-Berazueta Burgos, tesista de la UNAM en la carrera de Ciencias de la Comunicación y con opción terminal en Producción Audiovisual. Un día, conocí a una niña. Cabello chino, despeinada, hiperactiva. Su papá le decía “mi Janis Joplin”. Ella fue, desde pequeña, un alma libre: hacía lo que le provocaba sentimientos positivos; como, por ejemplo, si tenía ganas de correr, daba vueltas alrededor de un brincolín con mucha velocidad hasta cansarse. Pero tuvo un problema. Uno de sus principales deseos era hacer sentir bien a las demás personas. Y la lógica la llevó a pensar que, para lograrlo, tenía que, en un principio básico, ser vista por esas personas. A partir de entonces, la niña de alma libre se perdió un poco, en la búsqueda de algo así como su identidad, y, aunque pensaba que propia, más bien era la construcción de una falacia que la llevaron a guardarse en un cajón profundo de su alma por un tiempo. Si la Janis Joplin antes gritaba cuando lo sentía, ahora se quedaba callada, porque nadie más lo hacía; si su espíritu libre la hacía creativa a todas horas, pensando y pensando en cosas distintas que nadie más veía, ahora dejaba pasar esos impulsos porque sus supuestas amigas de secundaria la criticaban. Y así pasaron varios años para esa niña, tratando de ser alguien que no era, en un ambiente que no era el suyo, disfrazada erróneamente de lo que, por naturaleza, nunca iba a poder ser. Pero llegó una buena noticia. Esa niña, ahora joven, jugaba futbol con su primo cada quince días en un jardín. Para ambos, ese era tiempo sagrado. Una desgracia, sin embargo, se convertiría en el inicio de su propia recuperación. Como conectados, cuando ‘la niña’ se enteró que su primo había tenido un accidente en carretera y estaba en estado de coma, inmediatamente, se deshizo. Su sufrimiento no cabía en su cuerpo; yo estuve ahí, eso se le notaba con una simple mirada. En la sala de terapia intensiva, ella, como una de esas promesas de aliento, le prometió cambiar de equipo si él despertaba. Adivinen. Pronto, ella dejó secretamente a los Pumas y ahora era Chiva de corazón. La buena noticia fue que, a partir de entonces, ‘Janis’ no tuvo más fuerza que dejarse llevar por un espíritu maravilloso: su instinto. Buscó un espacio para jugar futbol en forma y entró, desde los 15 años hasta terminar la carrera, al Representativo de Futbol Femenil de la UNAM. Ahí, ella aprendió más cosas de sí misma de las que pudo imaginar alguna vez que le cabían adentro. Muchos valores, razonamientos y objetivos. Y todo se resumía, ya desde entonces, en una sola cosa: instinto. Fue por ese amigo que ella se sostuvo firme para entrar a esa Universidad, y no aceptar becas deportivas que otras escuelas le ofrecían. Fue por eso que decidió estudiar algo en donde pudiera canalizar sus ganas de ayudar a las personas a través de un vehículo de pensamiento inteligente, con pies, cuerpo y cabeza. Fue desde entonces que, una mañana, ella se despertó escribiendo una carta de presentación para iniciar a escribir y contarle al mundo sobre aquel mundo maravilloso que le sirvió para volver a encontrarse. ¿Fácil, no? Si mi engaño resultó demasiado obvio, pero has llegado hasta aquí, te diré que lo importante es lo que viene. Te invito a leer a través de los ojos de esa niña despeinada; te comparto lo que ella piensa ahora sobre el futbol femenil, como deporte formativo, entretenido y, simplemente, maravillosamente instintivo.

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